Fiestas

 

PROGRAMA DE FIESTAS 2013

PREGON DE FIESTAS 2014 VICENTE CAJA REAL

PREGÓN DE BUENACHE DE LA SIERRA 2012

Descargar pregón 2011

Descargar pregón 2010

¡Viva la Virgen del Rosario¡

¡Viva Buenache de la Sierra¡

¡Viva y Viva¡

Curioso, ¿verdad?, empezar por donde acaba pero cualquiera de estos vítores podrían iniciar un Pregón que pretende ser un himno a la fiesta, una apertura del telón de la alegría, de la diversión, del entretenimiento, del “buen rollo” y del canto a vuestra Patrona, Dueña y Señora.

 

Seguro que alguno de vosotros estará pensando y, en buena lógica lo hace, ¿quién coño es éste?, y por aquello de que uno está acostumbrado a deambular por nuestros pueblos –cual turronero- dedicado a eso de contar las historias de moros y romanos o, tal vez, hacer de pregonero –pues cierto es que ya llevo más de cuarenta- soy un poco atrevido y hoy me trae aquí esto último –pregonar- y ¡pardiez¡, seguro que lo haré con gracia y salero, no lo dudéis bonacheras y bonacheros.

Por tanto, he sido elegido “Vocero Mayor” y ello, me llena de satisfacción, orgullo y preocupación; satisfacción por lo que supone que una persona extraña a este bello lugar sea el elegido; orgullo por lo que representa ser el que abra vuestras entrañables fiestas y en este momento me consideréis un bonachero más –gracias de corazón-; y preocupación para mí, por saber y poder estar a la altura de quienes os han pregonado anteriormente con tanto sentimiento y buen hacer, esencialmente mi antecesor, ese gran hombre y buen amigo, Martín Muelas. Espero, con humildad, hacer bien mi cometido. Quisiera que este Pregón que a bien he tenido de aceptar, pueda servir de homenaje personal e íntimo a quien fue mi gran amigo y maestro, por honestidad y generosidad, a Juanjo Gómez Brihuega, amigo de tantos otros y, sobre todo, -de ahí esta licencia que me tomo-, de vuestro alcalde Vicente Caja, culpable de que hoy yo esté en este cometido.

En los pinares de Buenache

ví bailar unas serranas,

al son del agua en las piedras,

y al son del viento en las ramas

 

No sé si estos humildes versos adaptados por mí de aquella glosa que a bien tuvo de hilvanar el italinizado Góngora y Argote sobre las “Serranas que van a Cuenca” podrían iniciar palabrario en este parafrasear solemne, martirio al que os voy a exponer durante unos minutos.

No sería fiel a mí mismo, como historiador que me tengo, empezar un buen Pregón sin mencionar aunque poco, el pasado de un lugar como Buenache, a pesar de que haya habido en años anteriores, buenos mentores de historia, anécdotas y leyendas.

Razón tal cual, que me va a permitir dar breves pinceladas de un pasado que enriqueció los corazones de vuestros antepasados, sin duda.

 

Siempre han dicho eso de que aquí las bonacheras sentaron cátedra y ganaron fama de la buena por varias razones. En tiempos de hacheros y gancheros, allá por el siglo XIX, las mujeres de Buenache eran expertas en ese buen cocinar para el hachero sufrido que, monte a monte, roturaba para ganar ese pan necesario; más tarde, en esos otros tiempos de horticultura, y de eso no hace apenas años, siempre supieron hacer de su faena diaria, esa buena y reconocida labor de trajinar, burro arriba y burro abajo, pues cargadas iban hacia el Castillo donde huevos de corral, conejos, gallinas, hortalizas y sabinas, vendían a golpe de real, por eso de este buen apellido aquí enraizado.

¡Qué bonachera de ahora, no recuerda las idas y venidas de antaño camino a Cuenca¡

Pero, unas y otras han hecho historia viva con tesón, sacrificio y honestidad. En algún caso, el renombre por complacencia es más que simbólico. En la mente de algunos, seguro que tenéis los viajes de la Modesta, llamada la tía Alguacila por la tarea de su esposo Balbino Muñoz, cuando recogiendo caracoles después de aguacero u hongos en años de buen apremio, marchaba a vender a la puerta Valencia o a la Plaza Mayor. ¡Cuántas ocasiones con sus pies mojados de rocío y sus sayas empapadas en la humedad de las hierbas, subía y bajaba, para alimentar a sus churumbeles¡ En más de una ocasión, mandaba bajar la mula cargada y ella, en el Palancarejo, la recogía para hacer faena. O la Tomasa que no pudo encontrar marido pero tuvo que mantener a su padre e hijos en estos menesteres.

 

Pero quisiera, como historiador que me tengo, ahondar un poquito más en ese nuestro pasado cuya huella ha dejado la solemnidad del carácter.

Tal vez, por ese paraje de Pozorruz, donde su sabina milenaria sigue abasteciendo el abrevadero y en cuyo contorno quedan huellas de aquellas posibles ruinas de moros, o quizás, en El Cubillo, la Ceja o el Chabarquillo con sus espectaculares simas.

Buenache era en el siglo XIII una aldea de Cuenca, atrincherada en sus pinares cuyo sustento daba el pecunio familiar. Sus numerosos ganados eran regulados por el Fuero de Cuenca y así aparece documentado en numerosos legajos, tal cual cuando hablan de la dehesa de Cotillas donde incluso la zumaquera se criaba para ese buen tino de los habitantes de aquí pues nos dicen los papeles viejos que: “en este lugar de Buenache hay abundancia de esta buena planta arbustiva de tallo leñoso cuyo fruto contiene gran cantidad de tanino, utilizándose como curtiente y zumaque de tenerías.”

 

Ya el rey Sancho el IV –en el 1294- algo dice a favor de este lugar, pues escribió con su puño y letra que la torre y muela de Buenache es dimoneda y lugar de buenos pinos. Luego, la llegada del siglo XVI hace desarrollar el territorio. Las cabañas ganaderas crecen y con ello la riqueza de la comarca, pues la lana de aquí bien se pagaba, incluso más que la de Tierra de Moya y el Sexmo de Ribatajada, trashumando luego hacia el Reino por esa Cañada de Los Chorros, que desde Teruel caminaba por el Real de Uña, camino arriba y abajo.

Era tal la buena lana aquí recogida que en el lugar de la Cueva del Fraile, junto a la de otros lugares como Beamud, Uña y Las Majadas, era esquilada, manipulada y bien aderezada por legadores, atadores, barrenderas, morenilleros, apiladores, correcanastas, repasadores, velloneros, encargados de cortar, marcar, desviejar, apilar y transportar para su rica venta. Fama tuvo esta factoría de esquileo propiedad de los Cerdán de Landa, como también huella quedase en ese Prado de los Esquiladores, bien llamado por uso y forma.

 

Pero, si aquí no hubo muchos avatares bélicos, tal vez, algún que otro hecho aislado nada más, en recuerdo tengo aquel en que las tropas de Aragón, apostadas unos días por aquí en estas casas, vinieran a resolver la fuertes disputas de poder provocando aquellas revueltas entre los Hurtado de Mendoza y don Alvaro de Luna, enfrentamiento que hizo flamear el humo en aquella plaza del Trabuco con buena lombarda traída del marquesado de Cañete y luego transportada hasta el interior por algunos bonacheros y sus buenas mulas de carga, sí son muchos los reflejos de buen peso en recrear de la historia de Cuenca.

Recuerdo incluso, como las tropas del Empecinado, en aquellos años de comienzo de mil ochocientos, reclutando gentes de este lugar, intentaron reducir a las disciplinadas tropas francesas que en buena lid destrozaron la custodia de los Becerril en las puertas de la catedral. O, años después y no muchos, cuando los carlistas dirigidos por Cucala llegaron por Valdecabras y Buenache, para afrontar la carga en las puertas del Castillo y llegar a conquistar la ciudad en aquel triste 16 de julio de 1874.

 

Y de historia a su costumbrismo. De aquellos retazos del tiempo pasado a esos otros menesteres que tanto esfuerzo tuvieran que hacer para conseguir sacar “pan de las piedras” en difíciles años de revivir constante. Todos recuerdan aquellas maderas de pino y sabina para las necesarias puertas, ventanas y muebles que adornaban los ricos hogares, Ahí, como ejemplo, el artesonado de vuestra iglesia, cuya forma octogonal da brillo al estilo arquitectónico más serrano. En proyección, su curioso porche que le da entrada.

Luego, esa piedra de mármol, amarillo y morado, junto a la excelente piedra blanca que a bien tuvo la catedral en su uso de elevación y reforma. Dicen que la misma Leonor de Plantagenet, esposa del rey conquistador Alfonso VIII, tuvo a bien acercarse por aquí para supervisar aquella piedra blanca que utilizaran los canteros normandos que dieran los primeros pasos de esa catedral de Santa María que nos define.

 

El Buenache histórico ha dado paso al Buenache moderno. Aquel pueblo que enroscado en su ladera intentaba revivir tiempos del pasado, moros, cristianos, franceses, carlistas, más luego época dura de guerra y posguerra en ese siglo XX, ha ido costeando su angosta superviviencia para entonar la canción de progreso que tanto sudor y lágrimas ha costado.

Y es que ahora, Buenache tiene otro corte especial. Sus calles, abiertas radialmente desde la plaza del Ayuntamiento, ascendiendo y descendiendo a los pies de la iglesia que le arropa desde la ladera, se entrecruzan con esos nombres de lirismo literario, tal cual Fray Luis, Lope o Cervantes, luego se retuercen entre la del Arbolito, Peso o Cantón, para mimbrear entre el valle, ampuloso y verde, la solemnidad de esa grandeza natural de sus parajes, bellos porque sí, entre la Tiná del tío Salomé, cabeza arriba hacia las Tablas, a lo lejos la senda del Boquerón y luego, esa Fuente del Arenazo.

Pueblo de literatura con arte en madera, piedra y hierro, siendo un museo vivo gracias a esos zoolitos de Fernando Sánchez, el hijo de Benedicto que arrinconase bar con el nombre de las Pedrizas.

 

Antes, no ha mucho tiempo, cuando desde el Ensanche, lindando por Palomera, caminaban aquellos ganados en buena trashumancia. Mientras, desde la Risca de Zorro Polo y su mojón uno podía vislumbrar el ganado de Donato por un lado, el de Bruno Real por otro, mientras Norberto y Abel Rodríguez apostaban en la Dehesa de Cotillas con el flamear de aquellas vacas, toros y ovejas. Ahora, como señor de la lana, Vicente, heredero de los Caxa o Caja y otros.

 

El pino, la piedra, el mármol, las simas, todo en un todo. Desde el Ceño –y su mirador- y la Cueva de Colóbregas –peinada de bellas estalagmitas-, las ramblas torrenciales afluyendo sus aguas hacia el río Bonilla, cuyo nacimiento se acerca al caserío al lado del puente de piedra con dos ojos y tal vez no muy lejos, esa Rambla del muro de la Hocecilla, ambientando solemnemente a esta rica naturaleza que ha dado esencia pura a este lugar.

 

Pero, amigos, para ser un buen Pregón hace falta aventar a nuestros ancestros, recordar el peso de la experiencia, el vivo retrato de quienes nos han antecedido con sus sabidurías y sus enseñanzas, saborear en buena lid, sin rencillas, fiestas de antaño con fiestas de ahora, porque unas y otras fueron y son las mejores.

Ahora son grupos y orquestas los que animan a este jolgorio de regocijo festivo, pero no ha mucho, las solfas de la guitarra en manos de Claudio Real en acompañado toque de platillos por Basilio y Dionisio, realzaban los mayos en ese callejear a toda buena moza (huevos, tocino, patatas y a la noche, esa cena entre armonía). Tal vez, la guitarra de Serafín o Pilar cuando, en fino pasodoble, solo sabía decir aquello de:

“Pavo, pavo real…

estoy cansado y no puedo andar.

Pavo, pavo real…”

 

Pero para arrimar el ascua en baile de restregón, lo que bien entonaba era la acordeón del ciego de Valdecabras –aquel Eloy- que tanto en tiempo de esquileo como en San Antonio, -en la plaza o en el local de las médicas- daba las notas especiales para que buenos pasodobles y tico-ticos envalentonarán a los afinados bailarines a arrastrar los pies de aquellas flamenconas mozas como eran la Marcelina, la Matilde y la Margarita, tres buenas emes de buen porte y redondeado busto ¿verdad que sí?

Ya se han perdido, desgraciadamente, aquellas fiestas de San Isidro cuando se nombraban los carideiros, dando caridad cada cuatro años, rifando zurra y el rollo grande; o el Día del Señor, la Ascensión, San Pedro o San Juan. Tradiciones de antaño, sabor popular y creencia en el sentimiento como base de convivencia. De aquellas años, recuerdo angosto, cuando don Máximo, el cura nacido en Boniches, venía desde Uña donde residía y con traje de pastor y escopeta al hombro atendía la misa y sus procesiones.

Toda añoranza mantiene el orgullo de cada generación. ¡Qué lastima haberse perdido las matazones¡ ritual y sentimiento. En el recuerdo, anécdotas y curiosidades que han marcado el carácter de cada uno de vosotros. Tal vez, cuando el yeguero –aquel tío Mariano- echaba la matraca en el aderezo del cerdo y cantaba aquello de:

“Pimiento crudo

me dará un beso en el culo.

Si me da perejil, aguas mil

Y si quieres rabo y cerdo

Verlo para creerlo.”

 

Después, los jovenzuelos explotaban las butifarras para asustarlo, mientras él entonaba el codo a fuerza de buen trago de vino tinto y así evitaba mejor el susto.

 

Y es que, todos los aquí presentes y muchos de los ausentes, a los que desde aquí recuerdo en buen homenaje, recibieron las buenas enseñanzas en eso de leer y contar de aquellos maestros de punta y palmeta, pues bien se acordará Braulio Pérez de la regla de madera de don Francisco o tal vez, Bruno Real cuando junto al recordado Esteban, fallecido muy joven, probaban a menudo su medicina como buen remedio al enganchar las lañas de sus albarcas en las medias de las niñas allí presentes.

Y es que la escuela nos ha hecho hombres y mujeres, nos ha dado la riqueza de espíritu y nos abría los ojos para entender el proceso de la vida. Bueno, ¡qué decir¡ en eso del proceso de la vida, tal vez, a José Cólliga le pudiera dar igual, pues cuando Doña Francisca, la maestra lo encerraba sin comer, saltaba por la ventana y el tejado, sin que ella supiera que a buen recaudo estaba comiendo con su madre, la tía Leoncia.

 

Así discurre la vida. Unos tiempos dan paso a otros. El buen pan del horno de Tomasa Almagro o el de la Crisanta, la misma, que para cobrar tenía que utilizar ese pan pequeño llamado de poya como moneda de cambio. Ahora, ayuntamiento remozado donde Bruno ha hecho sus pinitos municipales, antes corrales y ahora buenas casas rurales; arriba y abajo, las casas se han ido adecentando con arreglo a la modernidad –tal cual la de mi amigo de viaje Juan Ángel-, luego algún que otro barecito, camping y motos quard, caballos y rutas de senderismo. Todo con buen sentido y pueblo con alegre estilo.

Y poco más que decir, pues la fiesta ha llegado y el deseo de que el baile inicie jolgorio nos cumple en tiempo y forma.

Tal vez, en ese recuerdo, el que ahora queda, por tiempos de crisis y cambios, traer a buena memoria las vaquillas del ganado de Sabas, después de dormir en la Dehesa, traídas para divertir al vecindario y que ha dejado paso a otros menesteres también de buena y sana diversión.

El que no “se echen los cencerros” como antes, ni advirtamos los requiebros de Felipe, en culo cagado, delante de los astados, los nervios a tiro de pase de pecho de Damián, el hijo de Sabas o la Isidoro, que en su memoria bien le quedó aquel revolcón a golpe de cuerno, no impide una buena fiesta como la programada porque lo de aquellos es historia, tanta como la de la vaca La Cabrera, famosa y fiera, quien buen siete le hiciera en el pantalón a Dioniso, el pastor, afamado desde entonces con ese sobrenombre de “El Miedo” y, lo de ahora, hace revivirla.

 

Quisiera, a golpe de perdón por atrevimiento, solicitarlo de la vecindad, sobre todo de aquellos y su familia, a los que he citado, tanto en presencia como en ausencia, -sobre todo en recuerdo a su memoria- por permitirme tal licencia y rogar tengan a bien, entender que con ello, he pretendido hacer homenaje al hombre y mujer de este bello pueblo al que me siento agradecido.

Gracias y perdón si con ellos he ofendido.

 

Pues, bonacheras y bonacheros, todo Pregón a bien debe ya acabar pues el tiempo se ha consumido, ¡ya es hora dirán algunos¡ y aunque como “arrimao” que hoy soy a vuestro pueblo, tengo a bien aclamar eso de que buen privilegio he tenido en haber sido elegido pregonero de estas fiestas, la vuestras que hoy hago mías por excelencia, agradeciendo a vuestro edil, Vicente Caja, el favor de su elección. Pues bien, Corte de Honor, fiel representante de la mujer de Buenache en belleza y galanería, señorita               , Reina de la misma y sus damas:                , vosotras abanderáis el futuro de este bello lugar; habéis recogido la esencia marcada por la herencia de vuestras madres y abuelas y ahora os toca, recomponer en buena lid, con respeto y dignidad, el tesoro que encierra la buena hidalguía de las gentes de este lugar. Hacedlo tan vuestro como bien lo hicieron vuestras madres y seguir ese ejemplo.

 

Ahora, es momento, porque a su Virgen del Rosario, Patrona, podemos airear aquellas estrofas gongorinas adaptadas al tiempo moderno, las mismas que iniciaron pregón y que ahora, podrían dar como epitafio:

 

¡Qué bien bailan las serranas¡

¡Qué bien bailan¡

 

Serranas de Buenache

Iban al pinar,

Unas por piñones,

Otras por bailar.

 

Que buenas y hermosas

Bonacheras sois

Siendo vuestra Virgen

En la que creéis.

 

 

Serranas de Cuenca, serranas del Huécar, del Júcar y de Buenache, ese pueblo llano que tanto ha sugerido a escritores de antaño, adornando ese cuadro barroco con pinceladas mitológicas y adobado con el oro más fino de la tradición popular.

 

Vecinos y vecinas de Buenache, Hijos del pueblo que un día tuvisteis que hacer las maletas en busca de una vida mejor por tierras de Valencia, Barcelona o Madrid, a vosotros, a los que aquí residís habitualmente, a los ilustres visitantes, a todos, amigas y amigos: ¡Gracias de corazón y sentimiento¡ ¡qué disfrutéis de una alegres y divertidas fiestas¡¡qué seáis felices y olvidéis rencillas en estos días de entretenimiento y ocio¡¡que no os incomoden Zapatero, Rubalcaba ni Rajoy en esto de la crisis política y sus encendidas duermevelas¡ ¡ni que la Belén Esteban ni Jorge Javier os hagan perder el tiempo en ese Sálvame de luxe¡¡qué la gracia de la Virgen del Rosario acierte a encontrar novia o ligue a esos y esas que, estando de buen ver, sestean demasiado y entrando en años, podrían quedar para colgar santos, tal como el refranero advierte¡¡Que lo punkys, dandys, pijos y rokys asienten su flamear insumiso haciendo gala de buen bonachero en estos días de buena armonía¡ y que todos, los de aquí y los de allá, -sobre todo vosotros, los jóvenes- viváis y vivamos en solemne compostura para hacer grande, más si cabe, a nuestra Virgen y Patrona.

 

¡Viva la Virgen del Rosario¡

¡Viva Buenache de la Sierra¡

 

 

Miguel Romero Saiz

Escritor y Director de la UNED

 

2010 – Martín Muelas

Reina de las Fiestas y  Corte de Honor que representáis la hermosura y elegancia de las niñas y mujeres de vuestro pueblo,

Vecinos y vecinas de Buenache,

Hijos del pueblo que un día tuvisteis que hacer las maletas en busca de una vida mejor por tierras de Valencia, Barcelona o Madrid –aunque dejarais aquí vuestro corazón-

Ilustres visitantes,

Amigas y amigos todos:

A instancias de mi amigo Vicente y por orden del Señor alcalde, el ciudadano Bruno,  tengo el honor de recoger simbólicamente la bocina que hicieron sonar con maestría. Primo o Nicolás y pregonar ante todos ustedes el inicio de las fiestas en honor de la Patrona de Buenache, la Santísima Virgen del Rosario, advocación mariana muy arraigada en toda nuestra Serranía, pero que tiene su día verdadero de celebración allá por el día 7 del mes de octubre, y que conviene que no olviden los más jóvenes para no perder las tradiciones.

Porque acaso no sepan estos jóvenes que las fiestas de antaño eran incompatibles con el duro trabajo del campo o, mejor, el trabajo permitía pocas fiestas y por tanto se situaban en unas fechas en las que ya habían acabado las faenas de la siega y de la trilla, los resineros habían acabado de remasar, los pastores preparaban su marcha hacia el Reino o hacia Andalucía, los hacheros esperaban la nueva campaña, todavía no se habían preparado las pegueras ni los hornillos y aún era pronto para montar las carboneras con las que se obtenía el carbón vegetal y el cisco para los braseros.

Los mozos y los pastores ya se habían ajustado para un nuevo año en San Miguel y las fiestas del Rosario les permitirían un respiro para estrenar pantalón de pana, algún vestido para las mozas, alguna alpargata de lona y poder gastar a gusto, pero sin despilfarro, los cuatro duros ganados con la siega del espliego o algún jornal esporádico, de donde obtenían el único dinero circulante que hacía posible estos excesos, pues los hongos aún no habrían salido y no podrían venderlos.

Bien es verdad que algunos privilegiados ya habían tenido ratos de asueto, justo en la víspera de San Mateo, que aprovechaban para trasladar desde aquí las vacas que habrían de correr por las calles de Cuenca y que eran las mismas que se utilizaban para labrar, aunque cuentan las crónicas que daban muy buen juego, especialmente una que tenia por nombre ……de esto hace ya muchos años, aunque no tantos.

Pero, como diría el clásico:

“Los usos cambian los hombres y las costumbres los tiempos”.

Y así, aquellas fiestas de octubre que llegaron a languidecer por culpa de la emigración, retomaron nuevo impulso de manos precisamente de los emigrados, los veraneantes, y pasaron a estas fechas en las que se pueden juntar todos y compartir la ociosidad con un programa de actos digno de las mejores ciudades, según el programa elaborado por la Corporación Municipal y la Comisión de Festejos.

Unos y otros, los hijos de la diáspora y aquellos que abren sus casas incluso cuando el hielo y la nieve hacen intransitables estas calles, tienen ocasión ahora de estrechar sus lazos fraternales o de amistad y disfrutar de este magnífico programa de actos preparados para la ocasión.

Acaso el baile nocturno y algún beso robado en un rincón escondido permita que algunos jóvenes emprendan el camino inverso al que tuvieron que hacer sus padres y en unos años podamos volver a ver la escuela abierta de nuevo. Ocasión tendrán para ello con el relente de las madrugadas y esos lugares tan apropiados que seguro podrán encontrar en el entorno.

Pero es costumbre inveterada de todo pregonero que se precie ensalzar las virtudes de los lugareños y rememorar aquellas hazañas que sus gentes han protagonizado a lo largo de la historia. Dice la Retórica que para ganarse con ello la benevolencia del auditorio, como yo pretendo ganármela de ustedes, ofreciéndoles también mi admiración y amistad.

No se extrañarán, por tanto, si les aseguro que las virtudes de bonacheros y bonacheras son muchas y las hazañas de sus antepasados no son pocas.

Entre las primeras, seguro que no es la menor haber sido capaces de sobrevivir en un medio tan hostil, conservar el entorno de manera tan admirable y haber hecho del pueblo punto de acogida para quienes gustamos de la naturaleza. Me atrevería a afirmar que el esfuerzo y la capacidad de trabajo y sacrificio son las señas de identidad más destacadas de los hombres y mujeres de Buenache desde sus primeros pobladores prehistóricos hasta estos que hoy dominan la naturaleza y se sienten perfectamente integrados en ella. A lo largo de los siglos nunca han sucumbido ante la adversidad natural ni han cedido ante las muchas dificultades sociales que han padecido o les han impuesto.

Pero como los hechos valen más que cien palabras, voy a traer a su memoria tres hechos que avalan esta afirmación mía y que dan buena cuenta de su carácter:

El primer documento escrito que les traigo a colación está fechado en 1556, y no es ni más ni menos que una copia de la Real Ejecutoria de la Sentencia que la Cancillería de Granada había fallado en favor del pueblo de Buenache y que culminaba un pleito iniciado por el ayuntamiento de Cuenca porque éste se oponía al Ensanche que su Majestad había concedido al pueblo para atender sus necesidades. Les resumo los hechos:

Hacia 1550, la población de Buenache había crecido tanto que necesitaba ampliar su término y tierras de labor para subsistir. Con tal motivo, el Regidor de aquel momento, Juan de Buenache, y su concejo solicitan a su Majestad permiso para un ensanche, tal y como era habitual en estos casos. El dicho ensanche les fue concedido por un rey que entendía aún que el buen gobierno de sus súbditos sólo era posible si las aldeas y villas podían gozar de los montes del entorno. El rey concedió este ensanche y la población podría quedarse de esta manera en su tierra evitando el éxodo masivo que después se produciría hacia las ciudades.

Pero, la ciudad de Cuenca emprendió pleito contra este privilegio y el largo proceso judicial terminaría con una sentencia de 1554, dando la razón al pueblo de Buenache cuyo alcance histórico solo hechos posteriores han ocultado, pero que pone en evidencia la audacia y tenacidad en defensa de sus derechos de quienes por aquí han andado.

 

 

Me voy a permitir leer dicha sentencia.

Fallo que debo declarar e declaro: los vecinos del dicho lugar de Buenache que son e serán de aquí adelante poder gozar en el dicho ensanche del término que de la sierra les fue dado e señalado para aumento e conservación de su población arándolo e sembrándolo y para ello poderlo rozar y cortar y quemar las fustas que en él hay conforme a las licencias de su Majestad que para ello le fue dada, y gozar su pasto y herbaje con sus ganados mayores e menores libremente y sin pena alguna todo el tiempo del año ecepto en el tiempo que se beda la sierra generalmente no puedan meter en él sus ganados menores salbo los que aprovechan para la labor. Y que ansí mesmo que las onze semanas del agosteadero no lo puedan zerrar con los vecinos de esta ciudad y su tierra que tienen pasto común en la sierra de dicha ciudad ni en ningún otro tiempo del año. Y mando a los caballeros de sierra que son e fueren que de aquí adelante sean ossados de prendar ni penar ni llevar cosa alguna a los dichos vecinos de Buenache por los dichos aprovechamientos e se los dejen hacer libremente según dicho es y sobre ello no les fatiguen  ni molesten ni hagan vexación ninguna so pena de cincuenta mil maravedíes para la banca de sus Majestades.

A onze días del mes de enero de mil e quinientos e cincuenta e cuatro años.

Sentencia definitiva que ponía bien a las claras cómo el tesón, el buen hacer y, desde luego, la razón de los vecinos de Buenache y sus gobernantes pudieron con el entonces todopoderoso Ayuntamiento de Cuenca.

Era el tiempo de los comuneros en Castilla y apelo a su espíritu romántico para evocar que aquí también arraigó ese mismo espíritu de comunidad o, por lo menos, ese espíritu de rebeldía ante el poderoso que llevó al pueblo de Buenache a ganar una primera  pero muy importante batalla, aunque el transcurrir del tiempo dejara sin efecto aquella victoria inicial. Los nombres de Juan de Buenache, Álvaro de Alarcón y Alonso Lozano, los Regidores que gestionaron de manera sucesiva el pleito bien se merecen un reconocimiento público como nuestros locales Padilla, Bravo y Maldonado que estuvieron por tierras segovianas, y han pasado a la posteridad todos estos hechos permitirían que en el siglo XIX se llegara a 300 habitantes y que en el término hubiera más de 20 tinadas y una casa colmenar, aunque solo 50 habitantes supieran leer y escribir.

Unos cuantos años después, en 1630, y este es el segundo acontecimiento que traigo a su consideración cuenta la historia, acaso también algo cargada de leyenda, que estaban guardando su ganado dos pastorcillos del pueblo: Bernardo y Gregorio. Una de sus ovejas quería andar por camino prohibido y para evitarlo Bernardo cogió del suelo un canto con ánimo de reconducirla con métodos expeditivos.

Pero, hete aquí que al coger el canto se percató de la belleza extremada del canto y por ello mismo la oveja descarriada se libró de certera pedrada al no querer tirárselo por ser tan hermoso. Eso sí, al instante, los pastorcillos corrieron hacia el pueblo para enseñar objeto tan maravilloso. Inmediatamente algún entendido en piedras de la época, antepasado seguro de la afición por los zoolitos que aquí hay, comprobó inmediatamente que se trataba de un finísimo jaspe, mejor incluso que el de las canteras más afamadas del país.

Es poco probable que esos expertos en piedras fueran César o Fernando los que emitieron el informe, pero seguro que de allí arranca esta litofilia que ha dado como resultado una colección de magníficos zoolitos que son todo un símbolo y seña de identidad para el pueblo de Buenache.

Sucedía también por aquellos años que el Obispo Pimentel estaba construyendo un altar para la Virgen del Sagrario en la Catedral de Cuenca y honrar así a la imagen que había acompañado a Alfonso VIII en la conquista de la Ciudad. Pues bien, dichas obras se habían paralizado porque el presupuesto se había disparado al tener que traer el mármol desde Sevilla o Toledo y no tener fondos suficientes para ello, porque el transporte resultaba carísimo.

El descubrimiento, acaso milagroso, de estas minas de Buenache abarató el coste y posibilitó que las obras continuaran. Así, el día de la Virgen de la O de 1630 se inició la construcción de la que sería una de las Capillas más hermosas de la Catedral de Cuenca, que, en consecuencia, puede considerarse como un monumento más de nuestro pueblo.

Una vez más, Buenache y Cuenca, Cuenca y Buenache en relación de dependencia mutua, pero otra vez más en favor de esta humilde aldea por la inestimable ayuda que le prestaría a la Virgen del Sagrario, la Patrona de Cuenca, esta aldeana mayor que es la Virgen del Rosario, a través de dos humildes pastorcillos.

A propósito, como bien saben ustedes, desde aquel momento el paraje en el que los pastores encontraron el canto  pasó a denominarse  del Jaspe y todavía es posible encontrar algunos restos de lo que sería una magnífica cantera.

El tercero y último de los episodios con los que les quiero ilustrar el espíritu heroico y de sacrificio de los habitantes de Buenache es mucho más reciente y tiene verdaderos tintes épicos, además de dramáticos.

Para ello, conviene que los más jóvenes y los forasteros que nos acompañan conozcan cómo hasta tiempos bien recientes Buenache ha sido la despensa particular de Cuenca. Y de hecho el barrio del Castillo es realmente una extensión del pueblo de Buenache.

Era diario el trasiego de hombres y mujeres, generalmente mujeres, que, unas veces andando y otras andando también, pero con animales cargados o cargados como animales se acercaban a la ciudad para poner en venta sus productos del corral -huevos, gallinas, conejos, algún gorrino semanero…-   o cargas de sabina que muchas veces habían tenido que recoger de matute, en pelea constante con los guardas.

Y cuentan algunos conocedores de esa época que todavía está suspenso hoy sobre el cielo de Cuenca ese olor a sabina tan característico cada vez que se repartía vegetal tan preciado.

Es seguro que muchos de ustedes han conocido o tal vez sufrido las condiciones de trabajo de estas mujeres, las bonacheras, que son en sí mismas un símbolo de todo el pueblo y del espíritu que a mi modo de ver los define como grupo.

La propaganda oficial  ha ensalzado como héroes a los mineros, a los pescadores y a otras profesiones arriesgadas, pero yo creo que la ciudad de Cuenca les debe un monumento a estas mujeres que, junto con las hortelanas de Palomera, han abastecido a Cuenca de los materiales primarios y en condiciones poco menos que de esclavitud.

Puedo asegurarles que este trasiego comercial estaba tan arraigado en la cultura popular que dio origen  a algunas letrillas comparables en algún caso a los textos de las mejores zarzuelas. Valga como ejemplo este diálogo que se establece entre una compradora de Cuenca y una vendedora de Buenache.

Dice la compradora:

-Aldeana, cara de olla,

¿A cuánto vendes la polla?

Y le contesta la vendedora:

-Señorita, puta fina

A medio duro

Más no es polla

Que es gallina.

Valga este largo preámbulo para recordar con él un hecho luctuoso que acaeció allá por el año 1925 y del que se hizo eco la prensa nacional a través de la crónica de uno de sus corresponsales en Cuenca, profesor entonces de La Normal, Don Rodolfo Llopis:

Hubo una bonachera –Francisca Rodríguez- que se retrasó. Salió la última de Cuenca. Pero, apenas traspuso El Castillo, sus ojos, acostumbrados a escudriñar tantas veces el horizonte, vieron a través de la cortina de nieve que caía, recortarse en la cresta del  cerro de San Cristóbal la silueta de un hombre. Era un vecino de Buenache. Era Ángel Real.

No tardaron mucho tiempo en alcanzarse y caminar juntos.

La nieve lo cubría todo. Seguía nevando con gran intensidad. No se podía ver. Hubo que apearse de las caballerías para que éstas fueran delante, “abriendo brecha”. Se caminaba muy mal. Se formaban fuertes y peligrosos “cervigueros”. La ventisca, de cuando en cuando, azotaba furiosamente, envolviéndolos en un torbellino de nieve. Las piernas se hundían. No había dónde guarecerse. ¡Ni una casa, ni un mal refugio!. No quedaba más remedio que continuar o retroceder.

Las caballerías pudieron más que las personas. Las caballerías, guiadas por su instinto, llegaron al pueblo y fueron a sus establos. Sabas Rodríguez, el marido de Francisca, al ver llegar solas a las caballerías, salió al encuentro de su mujer. Y al cabo de algún tiempo, después de media hora de angustioso caminar, al llegar a Los Vallejuelos, encontró a su mujer, aterida de frío, sin poder hablar casi. Cargó con ella y emprendió la peregrinación. Al peso de su mujer, las piernas se le hundían en la nieve y la marcha se hacía penosa y difícil. A costa de sobrehumanos esfuerzos, viendo que su mujer se moría, caminaba lentamente, acercándose al pueblo. Ya faltaba menos. Ya estaban junto al cementerio, que es la antesala de los pueblos. Pero sus piernas se hundían cada vez más. Ya no pudo continuar. Quiso gritar. La voz se apagaba en su garganta.

Los vecinos de Buenache salieron en su busca. Al llegar junto al cementerio se encontraron con el triste espectáculo que ofrecía este matrimonio. Él, medio muerto, hundido en la nieve, sosteniendo a su mujer, que había muerto en sus propios brazos. Lograron hacerlo reaccionar. ¡Se había salvado de una muerte segura!

Siguieron en busca del otro vecino. Después de muchos trabajos solo se tropezaron con una manta, un cayado, un sombrero. Al día siguiente, la propia nieve descubrió el cadáver de Ángel Real….

En su recuerdo y en honor de todos sus antepasados que tuvieron que pasar estas penurias valga no un minuto de silencio sino este aplauso que les dedicamos como merecido homenaje.

Pero Buenache mira sobre todo al futuro y este tesón y capacidad de sacrificio que han heredado les permitirá nuevos días de gloria, a poco que los gobernantes echen una mano:

-       Que mejoren la conexión a Internet

-       Que mejoren el acceso por carretera

-       Que consideren los trabajos forestales y ganaderos como trabajos de interés estratégico y ecológico….

Y que no se preocupen, que el trabajo, el esfuerzo y la inversión la harán los hombres y mujeres de Buenache que desean quedarse en el pueblo o aquellos otros que quieran incorporarse al grupo.

Mientras tanto, como dice vuestro alcalde:

“Que sean días de fiesta y felicidad. Que reine entre nosotros la armonía, la hermandad y el compañerismo.”

Este es también mi deseo, que paseen unas felices fiestas y griten conmigo: ¡VIVA BUENACHE! ¡VIVA LA VIRGEN DEL ROSARIO!

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